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[Pekeland]




8 años, un anillo y miedo.
Recuerdo muy poco lo que pasó un día como hoy, hace 8 años, casi a esta hora. Sé que intentaba dormir en el cuarto de mis papás arropada hasta las orejas porque el aire acondicionado estaba al máximo: febrero en Margarita no tiene tregua con el calor. Mamá estaba en Caracas y papá dormía en mi cuarto; creo que él pensaba que si me dejaba dormir sola podría llorar todo lo que quisiera sin ser molestada. Siempre ha existido ese entendimiento no-verbal entre nosotros, quizás una de las pocas cosas que aceptamos tener en común. 
Como fuera el caso, había demasiado silencio y no podía dormir. Me zumbaban los oídos con el eco del vacío, como cuando hay tanto silencio que hay mucho ruido. Cuando sonó el teléfono de la casa yo ya sabía qué estaba pasando. Papá tocó la puerta del cuarto, encendió la luz y se pasó la mano por el cabello -marca de frustración de los Prieto- y me dijo: “Coño, Valen, tu abuela Emilia…”. No tuvo que decir más. No hacía falta. Yo solo asentí y me acurruqué abrazando la almohada que olía a mi mamá. “Mañana nos vamos tempranito al aeropuerto, ¿ok?” dijo papá y con eso salió del cuarto.
No lloré. Para mí era como si todo siguiera igual: mamá estaba en Caracas con la abuela y la vería en vacaciones como siempre. Pero Caracas no era mi Caracas cuando llegué la tarde siguiente: había demasiado llanto, demasiado correr y caminar, demasiado negro y blanco. Había tanto horror y tanto funeral y tanta ansiedad que no sabía dónde meter la cabeza; lo que sí no había era mamá, porque esa señora adormecida con ojeras kilométricas y mirada infinita no era mi mamá. No hablaba, no comía, no vivía. Mamá murió por unos días junto con la abuela y yo era muy vírgen del dolor para entenderla. Tenía 17 años y nada malo jamás me había pasado.
La inocencia puede morir por muchas razones, numeren ustedes las que quieran, pero en mí desapareció cuando la abuela murió. Conocí el dolor y entendí que desde ese momento en adelante las llamadas en la madrugada y los despertares bruscos solo comenzaban. 
[El anillo es de bronce y lo usó mi abuela desde que era adolescente. Fue un regalo de uno de sus hermanos y desde hace 8 años es mi herencia: un pedacito físico de ella; su amor lo siento siempre, incluso cuando no lo merezco.]

8 años, un anillo y miedo.

Recuerdo muy poco lo que pasó un día como hoy, hace 8 años, casi a esta hora. Sé que intentaba dormir en el cuarto de mis papás arropada hasta las orejas porque el aire acondicionado estaba al máximo: febrero en Margarita no tiene tregua con el calor. Mamá estaba en Caracas y papá dormía en mi cuarto; creo que él pensaba que si me dejaba dormir sola podría llorar todo lo que quisiera sin ser molestada. Siempre ha existido ese entendimiento no-verbal entre nosotros, quizás una de las pocas cosas que aceptamos tener en común. 

Como fuera el caso, había demasiado silencio y no podía dormir. Me zumbaban los oídos con el eco del vacío, como cuando hay tanto silencio que hay mucho ruido. Cuando sonó el teléfono de la casa yo ya sabía qué estaba pasando. Papá tocó la puerta del cuarto, encendió la luz y se pasó la mano por el cabello -marca de frustración de los Prieto- y me dijo: “Coño, Valen, tu abuela Emilia…”. No tuvo que decir más. No hacía falta. Yo solo asentí y me acurruqué abrazando la almohada que olía a mi mamá. “Mañana nos vamos tempranito al aeropuerto, ¿ok?” dijo papá y con eso salió del cuarto.

No lloré. Para mí era como si todo siguiera igual: mamá estaba en Caracas con la abuela y la vería en vacaciones como siempre. Pero Caracas no era mi Caracas cuando llegué la tarde siguiente: había demasiado llanto, demasiado correr y caminar, demasiado negro y blanco. Había tanto horror y tanto funeral y tanta ansiedad que no sabía dónde meter la cabeza; lo que sí no había era mamá, porque esa señora adormecida con ojeras kilométricas y mirada infinita no era mi mamá. No hablaba, no comía, no vivía. Mamá murió por unos días junto con la abuela y yo era muy vírgen del dolor para entenderla. Tenía 17 años y nada malo jamás me había pasado.

La inocencia puede morir por muchas razones, numeren ustedes las que quieran, pero en mí desapareció cuando la abuela murió. Conocí el dolor y entendí que desde ese momento en adelante las llamadas en la madrugada y los despertares bruscos solo comenzaban. 

[El anillo es de bronce y lo usó mi abuela desde que era adolescente. Fue un regalo de uno de sus hermanos y desde hace 8 años es mi herencia: un pedacito físico de ella; su amor lo siento siempre, incluso cuando no lo merezco.]


5 notes | Reblog | 3 months ago
Posted on February 10th at 11:23 PM
Tagged as: Peke. Febrero. 2012.
  1. pekeprieto posted this
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